En verano todas las ciudades apestan – Menno Wigman

portada_wigmanHombre, como poeta, o se es o no se es: no hay término medio. Así como hay muchas personas que escriben y su voz se confunde con el ruido de todo aquello que muere y hay otros que, aunque no escriban, viven en la poesía y sobreviven a la historia; existen hombres que exudan en cada verso y cuya voz y cuerpo son inconfundibles. Menno Wigman es uno de ellos: indudablemente hombre, indudablemente poeta.

Gracias a la presente antología que hoy reseñamos llega a nosotros la voz innegable de un hombre que de otro modo nunca hubiéramos conocido en España. Recientemente fallecido, Menno Wigman es el claro ejemplo de que la postmodernidad nos ha brindado un arte humano y radical. Más allá de toda pose, Wigman es un verdadero poeta cuya voz está destinada a permanecer para la posteridad, como una voz necesaria del cambio de milenio.

Un poco de historia quizás innecesaria

El siglo XX trajo al arte poético muchas cosas buenas y otras tantas malas. Junto con la puesta en libertad del verso y la estética se le dio al poeta las más puras herramientas de su creación. El dominio de la totalidad del espíritu simbólico permitió que se desarrollasen voces hasta entonces inconcebibles: hombres hablando como hombres, mujeres hablando como mujeres. Con las vanguardias vino la búsqueda de la voz en la experimentación, y cuando su revolución sucumbió bajo su propio peso, cuando el último sueño de la modernidad dio por morir, amaneció el alba ya por fin impura del nuevo arte: mujeres y hombres hablando por sí mismos con su voz más suya acerca de lo que supone ser hombre en este cambio de milenio.

Tras la segunda guerra mundial, cuando ya ningún ideal poético era posible, cuando ya el terreno estaba debidamente estercolado por todos los cadáveres de la última ilustración, los supervivientes hubieron de coger el testigo de una civilización ya sin ideales para labrar, con ese barro, una nueva poesía para el nuevo hombre. Este arte, espejo del absurdo, de los horrores y la indolencia del hombre, pero también de la pequeña felicidad burguesa que surge dentro del absurdo, sería la semilla de esta nueva sensibilidad. Si Paul Celan representa perfectamente esta primera generación postmoderna vitalmente perdida entre los restos de nuestra civilización (esa que trata de ascender hasta el cielo simbólico a través de la desnudez del verso) Menno Wigman se encuadra en la siguiente generación que escribe ya culturalmente en esa postmodernidad.

Un arte acorde con esta Europa post-industrial: una poesía materialista, sin vuelo, convenientemente escéptica de su misión pero sagaz y crítica cuando debe. Es una poesía del hombre, ínfimo y absurdo, que trata de sobrevivir en la selva urbana que lo contiene. Un hombre sin destino que ya no sueña, sino que asume el sinsentido y continúa su camino absurdo “bogando, bogando”.

Menno Wigman, postmoderno practicante

Menno Wigman es ese hombre. Cada verso suyo exuda feromonas, exuda muerte y vida. Es poeta y poeta necesario. Escribe, gracias a Dios (o al diablo) de lo que supone ser hombre en este siglo y lo hace como hay que hacerlo: sin desperdiciar palabras ni alzar mucho el vuelo. La suya es una poesía postmoderna sin vergüenza ni menosprecio alguno: una poesía que parte del ideal materialista derruido y que crea nuevas imágenes, sin llegar a creer del todo en ellas. Suya es la voz de la Europa derrotada. El Imperio nunca cayó, como diría Philip K. Dick.

Menno Wigman no tiene vergüenza de reconocerse impuro. Más que poeta maldito, se reconoce como maldito poeta. No hay encumbramiento del hombre, mucho menos del sentimiento. En su poesía no cabe orgullo ni prepotencia. Frente a lo que pueda parecer, la suya es una poesía que parte de la humildad. El yo se diluye, como se diluye el mundo, en una experiencia “desteñida” (“El mar desteñido de su azul”, al igual que el cielo, el pan grisáceo). Todo se reblandece y pudre. No cabe vida en este espacio en que la misma semilla del hombre se vuelve putrefacta; y esa misma vida se rebela contra el hombre que la ahoga. El poeta es atormentado por su propia naturaleza: ve en sí mismo la génesis de su realidad y busca trascender el onanismo de su arte en el prójimo desconocido; sin mucha fe, desea ser consuelo de las otras personas, vivas o muertas, a quienes les ha caído en suerte compartir época.

No quiero acabar sin antes alabar la labor del antólogo en este aspecto. Antonio Cruz Romero consigue representar de manera homogénea todos los libros de un autor desconocido en nuestras letras, es capaz de aunar el sentimiento y el espíritu wigmaniano y de proveernos de una obra bien acabada y perfectamente representativa del autor. Al lector castellano se le permitirá así acceder a una obra necesaria en el panorama literario del siglo XX europeo que, a causa de la lengua, nos habría permanecido ajena durante más tiempo.

No hay nada semejante a Wigman en nuestras letras, más allá de ligeras semejanzas ciertos poetas tradicionalmente excluidos del canon como son Lois Pereiro, Félix Francisco Casanova o Francisco Javier Irazoki, así como otros que caen dentro de los extremos de nuestra sensibilidad como Carlos Bousoño o Ángela Figuera Aymerich. Wigman, pudiendo caer en lugares comunes consigue evitar la verborrea y la sobreproducción de Ángel González, Luis García Montero o Leopoldo María Panero. Habla lo justo y necesario, he ahí la mejor alabanza que creo que se le puede hacer a un poeta. Por acabar con un bonito eslogan: “el mejor Bukowski, es un mal Wigman.”

Llámalo tragedia, llámalo ritmo, el tiempo

ese sucio carnívoro nos asegura de un final

que hiede. Mas ahora ella duerme, duerme.

Así que la cubro y cuido de que sus cansados pies

no tengan que salir nunca más a la calle.

 

Miguel Barba

 

Título: En verano todas las ciudades apestan (Antología poética)

Autor: Menno Wigman

Traductor y antólogo: Antonio Cruz Romero

Editorial: RavenswoodBooks

Páginas: 116

Lugar y año de publicación: España, 22-05-2017

ISBN: 978-84-946382-3-7

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